Ventajas de comer bien para adelgazar rápido

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Normalmente, los animales comen cuando algo en el cerebro les dice que tienen hambre. Lo mismo pasaba con el hombre primitivo antes de que inventara el concepto del tiempo.

Esta necesidad se daba en cualquier momento del día, según el nivel de actividad del individuo y de la cantidad de energía acumulada. Comía sólo cuando tenía hambre.

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Con el desarrollo de la civilización, particularmente en las naciones prósperas, se ha pasado a comer más por placer que para sobrevivir. Nos hemos vuelto «sugestionables por la comida», lo cual quiere decir que muchas veces comemos porque nos gusta, no porque tengamos hambre. Se puede saber si se es sugestionable por la comida si:

  • 1) Después de una comida copiosa, se puede comer un postre sólo porque tiene buen aspecto.
  • 2) Cuando en la televisión aparece un plato delicioso, se va a buscar algo al frigorífico.
  • 3) Al ir por la calle y ver una pastelería, se tiene la tentación de entrar y comprar algo, aunque antes no se tuviera hambre.

Quien tenga problemas de peso y quiera adelgazar rápido cumplirá estos tres puntos.

La mujer obesa, como cabría imaginar, es mucho más sugestionable que la que tiene un peso normal. Capta mucho más el sabor, el aroma y el aspecto de la comida, y se la puede persuadir a comer más aunque ya esté saciada. Muchas veces, este comportamiento es tan instintivo que no se da cuenta de lo que hace.

El hambre y el deseo de comer no están tan confusos

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Al cabo de mucho tiempo, esta mujer pierde la capacidad para distinguir cuándo tiene realmente hambre o cuándo se ve simplemente incitada a comer. La mayoría de las adolescentes a las que he atendido todavía comen porque tienen hambre, y esto es, desde luego, lo más adecuado.

¿Qué podemos hacer para evitar esa confusión de señales? Dejar de tomar cosas entre comidas. Un tentempié al salir de la escuela es suficiente para satisfacer el hambre y mantener el nivel normal de azúcar en la sangre.

Si uno se acostumbra a comer entre horas, llega un momento en que no come a la hora de las comidas; pero al cabo de dos horas vuelve a tener hambre, y come otra vez. Este proceso se hace cíclico, lo que puede provocar que se engorde cinco kilos o, al menos, que no se pierda ninguno.

Por el contrario, las personas delgadas puede que coman mucho más que algunas personas obesas, pero lo hacen a las horas adecuadas.

En una clínica, se estudió recientemente la relación entre el tiempo real y las comidas. Los participantes fueron ubicados en habitaciones aisladas y podían comer cuando quisieran. Se retiraron todos los relojes y las radios de la zona, por lo que nadie sabía la hora. Ni siquiera podían ver el sol.

Se pudo observar que las personas obesas no tenían ningún tipo de reloj interno. Almorzaban tarde porque no creían que ya fuera la hora. En cambio, los otros participantes parecían estar sumamente bien regulados, comían a sus horas porque podían distinguir entre una sensación de hambre real o una falsa.

Por tanto, una excelente forma de regular el hambre es comer siempre a las mismas horas. Si una tiene un horario tan irregular que no puede hacerlo, al menos debe dejar unos intervalos de tiempo precisos entre comidas; digamos cinco o seis horas.

Deben hacerse tres comidas buenas y satisfactorias, eliminando los tentempiés entre comidas, o limitándolos a alimentos mínimos en calorías (vegetales frescos o, a veces, una fruta fresca). Así se puede saber con seguridad qué señales son de hambre auténtica y cuáles son simplemente ganas de comer.

El síndrome de los alimentos prohibidos

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Una chica que tiene tendencia a la obesidad acostumbra a asociar ciertos alimentos con las palabras «malo», «vedado», etc. Como resultado, ciertas palabras se convierten en casi mágicas: «torta», «pastel», «helado», «salsa»… todos alimentos ricos en hidratos de carbono, azúcares o féculas.

Si una chica está paladeando una golosina, siempre hay alguien que le dice: «No comas tanto! Vas a engordar». Esto se repite constantemente, y llega un momento en que la chica siente que hay algo precioso en la comida que sólo puede tomar a veces y en poca cantidad.

Si pudiéramos tener todos los diamantes que quisiéramos, no serían tan caros; lo mismo sucede con los alimentos que engordan.

Así, ocurre que cuando la chica puede conseguir gran cantidad de estos alimentos (en una pastelería, un puesto de helados, etc.), o cuando no la ven en casa, come todo lo que es capaz con la mayor rapidez posible. A esto se le llama «borrachera», y una de las razones de que sea tan frecuente es la alegre emoción que va ligada desde temprana edad a los alimentos prohibidos.

¿Cómo evitarlo? Desde luego, lo mejor es que una se convenza cuanto antes de que no hay nada de especial ni desvergonzado en una tarta de chocolate. Hay que aprender a valorar ciertos alimentos por otras razones: la fruta, porque está madura y es deliciosa; la lechuga, porque es ligera y frágil; la remolacha, porque es tierna y sabrosa; etc.

Para una persona obesa, estas cualidades deben ser mucho más atrayentes que el azúcar y las féculas.
Cuanto antes acaben los padres con la «mística» de estos alimentos, menos probable será que la hija se exceda con ellos.

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